«La Guardiana del Bosque de Hielo»

«La que atrapa estrellas»

Se dice que, en un rincón del bosque donde la nieve cae sin prisa, viviendo apenas entre susurros, existe una figura que no pertenece del todo al mundo humano. La llaman la Guardiana del Bosque de Hielo. Quienes han tenido la suerte de verla cuentan que no camina: flota suavemente, rozando la nieve sin dejar huellas.

Su nacimiento es una leyenda que pocos conocen.

Un invierno, tras una tormenta especialmente silenciosa, los árboles más viejos del bosque sintieron que algo les faltaba. Notaron que el frío se volvía más voraz cada año, que las criaturas huían y que sus raíces, aunque profundas, necesitaban algo más que tierra para seguir luchando.

Decidieron entonces reunirse bajo la luna llena, moviendo sus troncos y ramas como ancianos que intentan recordar un viejo lenguaje.

De aquella reunión nació un acuerdo: crearían una protectora, una hija no de carne ni savia, sino de luz, nieve y memoria.

Tomaron la nieve más suave, la que nunca se ensucia ni se derrite bajo la luna. Con ella moldearon su cuerpo.

La vistieron con lo mejor que tenían:

  • una falda de anillos de madera, pulidos por el viento,
  • un chaleco también de madera, cálido como el interior de un tronco,
  • botas formadas por la corteza más flexible,

un atuendo con el que el bosque mismo quiso abrazarla.

Pero los árboles sabían que el frío es cruel incluso para la nieve.

Por ello llamaron a las ovejas que vivían en las colinas cercanas.

A cambio de protección eterna, estas les ofrecieron su lana más suave. Con ella tejieron el gorro, la bufanda y los guantes que completarían su identidad: madera para unirla al bosque, lana para vincularla a la vida animal, nieve para darle alma.

Al amanecer, ella abrió los ojos.

Eran dos pozos de luz, tan tranquilos como una estrella cansada.

Y desde ese día, cumplió su misión sagrada: recoger las estrellas que caen sobre el bosque cuando nadie mira. Las atrapa suavemente con sus guantes de lana y las guarda en su chaleco de madera, donde la luz no se apaga nunca. Después las devuelve al bosque, iluminando raíces, despertando semillas dormidas, guiando a las criaturas perdidas.

Porque incluso los árboles necesitan estrellas para soñar.

Quien la ve —dicen— queda marcado para siempre.

La nieve suena distinta.

El bosque parece respirar más hondo.

Y uno siente, desde lo más profundo del pecho, que acaba de presenciar la belleza exacta del mundo antes de que el mundo existiera.

Mujer de nieve en el bosque