👳🏿‍♀️ Memorias de África 👳🏿‍♀️

 

Viendo la película Memorias de África (Out of Africa), suelo congelar las escenas que más me atraen, para contemplar con precisión cada rincón, cada figura y cada expresión. Sin olvidar el decorado, que es esencial en cualquier película. Y la verdad es que en esta obra, todas las escenas lo son, porque simplemente es fantástica.

Te transporta al corazón de África, y te permite vivir también el glamour dentro de la casa y la granja de una mujer extraordinaria. Aunque vive sola, nunca está realmente sola, pues siempre está rodeada de seres y personas maravillosas. Sin olvidar el entorno mágico donde se encuentra: un país africano, y más concretamente el lugar llamado Nairobi, con sus paisajes de extensos terrenos abiertos hacia el infinito.

Allí, algunos arbustos parecen pintados en un cuadro perfecto. No se mueve ni una hoja ni una rama, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para ser contemplado. Los atardeceres son dignos de admirar, sentados en el magnífico porche de esta gran casa colonial, donde recibir a buenos amigos hace que el entorno sea todavía más bello y acogedor.

Se comparten experiencias del pasado, se intercambian ideas sobre el presente y el futuro, y se vive una velada cálida e íntima.

Pero lo que más me impactó fue una escena concreta.

Los niños africanos, con sus miradas inocentes, observaban a la dama de la granja mientras ella recibía visitas y tomaba el té. Ellos, vestidos con túnicas casi del color de su piel, adornadas con elementos de su propio entorno, miraban en silencio.

Sus ojos estaban llenos de preguntas sin respuestas.

Sus miradas se abrían aún más al descubrir objetos que nunca antes habían visto: una tetera, unas tazas, el ritual mismo del té. Para ellos, aquello parecía pertenecer a otro mundo.

Niños que conocían la dureza de sobrevivir día a día en el seno de sus familias, enfrentándose a una realidad difícil, contemplaban aquel momento como si fuera ciencia ficción.

Lo más sorprendente era que los siete niños compartían la misma expresión: una mezcla de paz, curiosidad e interrogantes.

Yo, con mi corazón sensible, no pude ignorarlo.

Me pregunté qué era lo que realmente sentían.

¿Era el descubrimiento de otro mundo completamente distinto al suyo?

¿Era la conciencia de que existían personas que vivían sin las carencias que ellos conocían?

Me pregunté si, después de ver aquello, podrían conservar la misma sonrisa inocente.

Habían descubierto un mundo nuevo. Un mundo traído por personas que llegaron a sus tierras y se instalaron en ellas con poder y autoridad. Personas que vivían con comodidades inimaginables para ellos.

Para estos niños, cuyo destino parecía limitado a cuidar ganado o trabajar la tierra, aquello era una revelación.

Incluso un simple reloj de cucú los dejó inmóviles. Esperaban con asombro la salida del pequeño pájaro que anunciaba las horas. Cuando finalmente apareció, salieron corriendo, emocionados, para contárselo a otros niños que no habían tenido la oportunidad de verlo.

Era un momento mágico.

Pero también era un momento de despertar.

Estas miradas, antes llenas de inocencia pura, habían conocido una nueva realidad. Un mundo de alfombras, de música, de abundancia, de protección, de comodidad.

Un mundo desconocido hasta entonces.

Y yo no pude evitar preguntarme:

¿Podrían conservar aquella luz en sus ojos después de haber visto todo aquello? ¿Podrían seguir siendo los mismos niños inocentes que eran unos instantes antes, o aquella visión habría marcado para siempre el despertar silencioso de una nueva conciencia en sus almas?

 

— Ikram Mirali

 

Mujer Nativa del Serengeti